Aviso a domicilio



Hace tiempo, cuando yo me iniciaba en esto de la Primaria, eran los albores en la creación de los centros de salud, cuando cualquier edificio podía ser utilizado para pasar una consulta. A mí me tocó en un local de una asociación de vecinos, un local en medio de la nada, en un paraje perdido junto a un grupo de casas de campo dispersas y construidas de forma aleatoria. A media mañana me avisan si podía ir a ver a la abuela, había pasado una mala noche con fuertes dolores de barriga. Poco después, en mi Citroën GS X2, me veo siguiendo el coche del nieto que me conduce por los caminos de tierra. Era una casa de campo de paredes blancas e irregulares, en la alcoba se encontraba la señora e inicié el ritual del iniciado ¿Qué le pasa, desde cuándo y a que lo atribuye? Más tarde procedía a la exploración para la cual bajé un poco la sabana que la cubría y ella, no sin cierta dificultad, se levantó el camisón dejando al descubierto su abdomen. Nuevo ritual, primero una palpación superficial, luego más profunda intentando descubrir alguna masa, después descartar la hepato o esplenomegalia, mas tarde la percusión y la auscultación. Aprovechando la semidesnudez de la señora realizo la auscultación cardiopulmonar y la vuelvo a cubrir con su sabana de lino blanca, posiblemente puesta esa misma mañana para recibir la visita del médico. Observo que ella me mira fijamente y yo espero la pregunta “¿Qué me pasa? ¿Es grave…?”, mientras, en mi interior, intento poner en orden la información obtenida y elaborar la respuesta. Justo en ese instante, en esos segundos de silencio donde se cruzan las miradas y el cerebro trabaja de forma alocada, va ella y me dice muy tiernamente “Joven, eres el primer hombre que me ve desnuda y el segundo que me toca”.

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