Hace unos días asistí, dentro de las Jornadas de Actualización de la Semfyc, a la mesa inaugural sobre el programa de prevención del cáncer colorrectal avalado por el PAPPS y del que ya se ha hecho un pilotaje en la Región de Murcia. Los componentes de la mesa avalaban la calidad científica de lo que allí se iba a presentar y la asistencia de público correspondió a la expectación anunciada.
Abrumado ante la profusión de datos favorables a la aplicación del programa y de la enorme cantidad de pólipos encontrados y eliminados en los pacientes pilotados, intervine con una reflexión que, hoy por hoy, no pretende ser mas que una inquietud intelectual de un médico que adopta actitudes críticas de sus actos buscando el “primun non nocere” (un saludo a Rafa Bravo)
En nuestro proceso de atención a la enfermedad, partimos de unos signos y síntomas, realizamos una exploración, aplicamos unas técnicas, establecemos un diagnóstico y tratamos. Y, en general, decimos que cuanto más precoz sea el diagnóstico, mejor pronóstico. Este suele ser un axioma irrefutable cuando nos enfrentamos a la historia natural de una enfermedad.
En cambio, cuando nos saltamos la secuencia lógica de la práctica médica, empezamos a cometer errores que afectan a las personas. Ejemplo de ello es cuando pedimos analíticas “de todo” aunque solo queremos valorar el control metabólico en un diabético y nos aparecen valores anormales que no tienen nada que ver con la clínica del paciente o los hallazgos casuales en una ecografía: -“sí ya sé que a usted le duele la próstata, pero ¡tiene piedras en la vesícula!, así que ¡al cirujano!
Por regla general, hemos aprendido de esos errores y ahora nos ponemos “las gafas del escepticismo” antes de valorar los informes de resultados con datos que no corresponden a lo que buscamos y así vamos tirando.
Por todo esto expresé mi inquietud, por ahora puramente intelectual, a que si aplicamos las mismas técnicas diagnósticas como técnicas de screnning a población general, es posible que nos equivoquemos en la interpretación de los hallazgos encontrados y sobre todo, en nuestras intervenciones derivadas de los mismos en función del cuerpo de conocimiento actual. Y, entonces, nuestros actos pueden afectar gravemente a la salud física y mental de nuestros pacientes.
Lo curioso de todo esto fue la reacción que puede observar, por una parte en los asistentes al acto y, por otra, en los componentes de la mesa. En cuanto a los primeros, dos posturas muy antagónicas; una de sorpresa e incredulidad (me pareció que la adoptaron muchos residentes y algunos de mis compañeros –esos que están mucho por los consensos y la opinión de los expertos-) y otra de reconocimiento e inquietud (me pareció compartida por aquellos que siempre estamos en todos los “fregaos” de la profesión)
Pero no fue menos sorprendente lo que sucedió en la mesa. La médico de familia, prestigioso miembro del PAPPS (un abrazo Mercé Marzo y ánimo con el GRADE), comprendió perfectamente la reflexión y expresó su misma inquietud, en cambio, el especialista en digestivo, profesional de reconocido prestigio y gran experiencia, no alcanzó más allá, y se dedicó a defender la importancia que tiene el quitar todos los pólipos posibles y, cuantos más, mejor.
Y toda esta larga historia para llegar a lo siguiente: ¿creéis que el enfrenamiento permanente entre atención primaria y atención secundaria (u hospitalaria) se solucionará con medidas organizativas? O, la formulo de otra manera, ¿sólo los médicos de familia somos los que debemos trabajar con un modelo de atención biopsicosocial?










