La otra cara de la inmigración

Hace unos días atendí en la consulta a una mujer ucraniana. Interesándome por su vida me contó que, en su país, era enfermera pero, hace unos seis años, la situación económica en el hospital donde trabajaba obligó a los gestores a resolver un dilema serio con sus empleados: despedir a la mitad de la plantilla o rebajarle el sueldo en el mismo porcentaje.
Según ella misma cuenta, los gestores se decidieron, con un sentido social, por la segunda opción. Aseguraron la continuidad de la plantilla, evitaron el despido de muchos y mantuvieron un mínimo nivel de ingresos en todos.
Pero esta medida solidaria no previó el efecto que sobre la economía de las familias de los trabajadores iba a causar. Resultó que, al partir de unos salarios muy ajustados ya incluso antes de la crisis, su reducción al cincuenta por ciento hizo inviable el nivel de ingresos para la prosperidad de los miembros de la familia.
Así, muchos trabajadores se lanzaron a la odisea de la búsqueda de unas mejores condiciones de vida y, algunos de ellos, sin papeles, vinieron a España a buscar trabajo. No les importó el trabajo, ni las condiciones del mismo, ni las penurias de su estancia, tan solo se esforzaban en obtener dinero para procurar un futuro digno para los hijos que dejaron en su país de origen al cuidado de las abuelas u otros familiares.
Esta mujer llegó a nuestro país tras un largo viaje en autobús de frontera en frontera, de alojamiento en alojamiento hasta que, al cabo de un mes, ella y su marido lograron afincarse en un piso compartido.
Y prosperaron, su marido trabajó en la construcción y ella como empleada de hogar. Durante cuatro años consiguieron enviar suficiente dinero para su familia y confiaban en obtener el certificado de residencia para traer a sus hijos, pero a su marido no le hicieron los contratos que debían haberle hecho, no paró de trabajar, pero sin contrato alguno.
Con la llegada de la crisis, tras seis meses sin encontrar trabajo, su marido no tuvo más remedio que regresar a Ucrania porque gastaba más dinero aquí en sobrevivir que en su país. Ella, en cambio, se quedó aquí con su trabajo de empleada de hogar que le va muy bien. Gana dinero suficiente para ayudar a los suyos y, por fin, ha obtenido la tarjeta de residencia. Trabaja entre diez y doce horas diarias y, alguna que otra noche, cuida a enfermos.
Este verano, tras más de seis años sin abrazar a los suyos, ha conseguido el suficiente dinero para un billete de avión de ida y vuelta.
En estos seis años, es la primera vez que utiliza el sistema sanitario y, ni siquiera en esta ocasión, ha precisado el consumo de fármacos ni exploraciones complementarias.
Creo que es bueno recordar a la inmigración en estos momentos de crisis, tanto a la que se ha marchado como a la que se queda

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