Viernes, hoy me toca pasar la consulta. Echo un vistazo a la lista como cada mañana, algunos (bastantes) nombres ya me son conocidos, a otros no les ubico y algunos ni me suenan. A media mañana, y no se cómo, sin nada de retraso, entra a la consulta María (por ejemplo…), setenta y tantos años, no la conozco y pone cara de decepción, mal empezamos.
- ¿Tú no eres mi médico, verdad?
- No, doña María, soy Alberto, residente de D. José y según el día que venga estaremos los dos, o él o yo (cuántas veces habré dicho esto en los últimos meses…)
- Pues no se si podrás ayudarme,…
- A ver que podemos hacer…
- Mira hijo, soy nueva en el cupo de don José, antes estaba en este mismo centro pero decidí cambiarme de médico. Lo que ocurre es que llevo mucho tiempo cansada, muy cansada, y no se por qué… (todo esto acompañado de suspiros frecuentes y la mirada un poco perdida) pero en las últimas semanas estoy peor.
Veo que su última visita fue por este mismo motivo hace 8 meses, exploración física normal, analítica, electro y radiografía de tórax sin alteraciones. Y ahora, ¿qué hago yo? Repito exploración sin encontrar nada relevante, a excepción de una palidez cutánea evidente.
- Bueno María, todo está bien, pero voy a repetirle la analítica a ver cómo está su sangre.
- Vale hijo… porque algo tiene que haber…
- María, suspira usted mucho, ¿se encuentra bien de ánimo?
- Pues mira, te parecerá una tontería en una vieja como yo, pero te lo voy a contar…
Y ahora, 8 minutos después, me dice su verdadero “motivo de consulta”…
- Tengo mal de amores, como lo oyes…
Cuando era joven, me eché un novio en el pueblo, no era muy guapo, ni tenía dinero, pero era bueno conmigo y estaba muy enamorada. Era un amor oculto, nadie lo sabia, pero un día mis padres se enteraron y me separaron de él, nos trasladamos a un cortijo que teníamos fuera de la comunidad. Lo pasé mal, pero era joven y rehice mi vida. Él se fue al Norte y le perdí la pista. Yo me enamoré y me casé con un apuesto hombre.
Los años pasaron, tuve muchos hijos, y luego muchos nietos, fui feliz, muy feliz, pero hace cuatro años enviudé.
La sorpresa fue cuando a los meses de fallecer mi esposo recibí una llamada, era mi antiguo novio del pueblo para darme el pésame, estuvimos charlando un buen rato, me dijo que había seguido mis pasos desde que nos separamos. Él también se casó y enviudó hacía unos años. Volvimos a quedar para hablar. Después de varias llamadas nos vimos en nuestro pueblo y fue como entonces. Es tan cariñoso conmigo…, y no es que mi marido no lo fuese, pero es distinto. Él sólo piensa en llegar a casa para cubrirme de besos, ¿no te parece bonito?
Nos hemos visto muchas veces desde entonces, ha sido como vivir una segunda juventud, estábamos organizando una escapada a París, y hasta nos planteamos el matrimonio! Se lo conté a mis hijos y no pusieron ningún reparo, ellos sólo quieren que sea feliz. El problema vino cuando se enteró su hija, no quiso que se volviera a casar y le amenazó con no dejarle ver a su nieto si seguíamos adelante con esta idea.
Desde entonces nada ha ido bien, él no quiere separarse de mí, pero tampoco quiere casarse, ¿y yo qué voy a hacer? Soy católica y no concibo vivir con un hombre sin estar casados. Estoy en un callejón sin salida, seguimos hablando por teléfono, le digo que podemos seguir siendo amigos y continuar con esas largas y entretenidas conversaciones, e incluso volver a vernos, como amigos claro… Pero él quiere algo más y yo no estoy dispuesta, al menos por el momento…
Y es que, en una sociedad donde la esperanza de vida aumenta año tras año, ¿de qué me puedo sorprender? La muerte es parte implícita de la vida, y la muerte de la pareja es una gran pérdida, pero este proceso abre un nuevo camino en el horizonte del que continua, y no debemos olvidar que nuestros mayores no son en nada distintos a ti o a mí, con sus problemas sentimentales, morales, y claro está, también de salud, pero por un día, no todo va a ser artrosis…






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