Píldora para el día siguiente (con y sin metáfora)


No dejan de sorprenderme los ríos de tinta y comentarios que en estos días ocupan los medios de comunicación con motivo de la liberalización de la venta en farmacias de la píldora postcoital. Este es uno de esos temas que activan la feria de lo mediático en donde todo el mundo podría callarse porque ya se sabe su opinión pero nadie se aguanta. Como era de esperar los colegios de médicos se oponen (¡solo el médico puede recetar!), los de farmacéuticos están a favor (¡solo nos mueve nuestra voluntad de servicio sanitario!), los diarios y radios conservadores nos alarman sobre sus riesgos mientras que para los progresistas es un logro social. Y así podría continuar recogiendo las valoraciones de todo el circo mediático-político que nos ha tocado sufrir por vivir en la época y en el país que vivimos. Pero, ¿por qué tenemos esta polémica?
En primer lugar, a mí, como médico de familia que he recetado la píldora cuando una paciente me la ha pedido y que a la vez he procurado aportar información sobre anticoncepción y captar a la paciente para el programa de planificación familiar, me parece que la decisión del gobierno es una pérdida de calidad en la atención. Ahora bien, entiendo que “no todo el monte es orégano” y que en el sistema sanitario hay comportamientos médicos de lo más variopinto. En el binomio accesibilidad-calidad, no sólo se ha optado por el primero, sino que se ha dado un salto que no deja de ser un órdago al proceso asistencial al sustituir al médico por el farmacéutico.
En segundo lugar, creo que la píldora es un medicamento y, por lo tanto, sujeto a contraindicaciones y efectos indeseables que, si bien son mucho menos frecuentes de lo que nos alarman quienes se oponen a su uso y siempre menos peligrosos que un embarazo no deseado, es necesario valorarlos dentro de un contexto biopsicosocial.
Lo que me parece aberrante es que la discusión sobre la venta libre aparezca con la píldora postcoital, que no es un problema de salud pública y que solo pretende solucionar problemas de salud individual, y no surja con otros medicamentos potencialmente peligrosos que reciben el mismo tratamiento legal como el ácido acetilsalicílico [Aspirina® ] (hemorragias digestivas), la acetilcisteína [Fluimucil® ] (broncoespasmos), famotidina (cuidado en lactancia), loperamida [Imodium® ] (cuidado en diarreas bacterianas), etc.
En tercer lugar, por el contrario, sí que hay verdaderos problemas farmacológicos de salud pública en los que, al parecer, nadie se interesa, como el abuso de antibióticos en la población española que, en muchas ocasiones, son proporcionados desde la misma farmacia sin receta médica.
Entonces, si hay una disminución de la calidad de la atención, si es un medicamento, si afecta a la salud individual y hay otros muchos medicamentos de venta libre potencialmente peligrosos, si hay problemas de salud pública relacionados con el abuso en el consumo de medicamentos, ¿de qué estamos hablando en este caso de la píldora postcoital?
Pues de nada de eso, unos y otros, tirios y troyanos, están hablando (aunque es posible que no lo sepan) del derecho de una mujer a recibir una medicación de urgencia que se puede ver dañado por el derecho de un médico a la objeción de conciencia sin que los responsables (presentes y futuros) de la atención sanitaria afronten el problema con rigor y prefieran parchearlo con soluciones insatisfactorias pero que dan mucho juego mediático.
Tal vez convendría releer la entrada “El derecho a la objeción de conciencia” publicada en este blog el 10 de agosto.

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