Estas vacaciones he visto Anticristo, una película compleja, densa, poliédrica, con más esquinas que un laberinto y en donde en cada una de ellas hay una butaca en la que sentarse a reflexionar.
La película comienza introduciendo al espectador en la reacción de duelo que sufre una pareja al perder a su hijo, un inicio prometedor y muy interesante para un médico de familia que sabe que este es uno de los temas con los que ha de enfrentarse frecuentemente en su consulta. Pero el duelo se prolonga más allá de lo habitual y entra en un proceso patológico en el que impera la angustia de la pareja (bien transmitida al espectador) hasta que, poco a poco, nos va descubriendo una psicopatología de base, brutal, de proporciones inauditas, que conduce a una violencia desproporcionada.
Lars Von Trier es un director diferente, que crea su propio lenguaje, un innovador de la técnica narrativa, un genio en el uso de los recursos cinematográficos aplicándolos con sentido al desarrollo de una historia para transmitir sensaciones al espectador.
No es una película fácil y no la recomiendo a quien busque solo entretenimiento; para eso ya está Hollywood. Pero, hace unas tres semanas que la he visto y aún quedan en mi retina las imágenes de su prólogo y, en mi mente, aún resuena el aria Lascia ch'io Pianga de la Ópera Rinaldo de Hendel.
Una película
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