Cada vez resulta más patente la necesidad de replantear las relaciones entre la industria farmacéutica, las autoridades sanitarias y los médicos.
La espiral de abuso en la que la industria se ha involucrado para desarrollar su mercado de productos está superando las barreras que la ética y el derecho de los ciudadanos han fijado como insoslayables y se han disparado las señales de alarma.
Se medicaliza con fines comerciales la vida de las personas y su salud, como valor social, pierde importancia ante la necesidad de beneficio industrial.
Se investiga tan solo bajo la perspectiva de mercado. La industria farmacéutica establece las líneas de investigación en función de la posible demanda (se investiga poco sobre las “enfermedades raras” o las enfermedades endémicas en países subdesarrollados) y se busca la cronificación frente a la curación (¿Cuántos fármacos curativos han aparecido en la última década?)
Cada vez se dedica más dinero al marketing y menos a la investigación.
Los médicos estamos perdiendo credibilidad ante el paciente sea cual sea nuestra posición frente a la medicalización; los que mantenemos una actitud crítica porque el bombardeo publicitario que sufre el paciente llega a hacerle creer que lo que se repite machaconamente acaba por ser verdad (“mi médico se equivoca”) y los que entran en el juego de la industria porque se adentran en una vorágine inconsistente y paradójica, confundiendo al paciente en función del “viento predominante” que marca el interés y el marketing de la industria (“mi médico está vendido”). En cualquiera de los dos casos, se afecta gravemente la relación de confianza entre médico y paciente.
Cada vez nos resulta más difícil separar el grano de la paja en el campo de los estudios científicos, aumenta nuestra incertidumbre y desarrollamos el escepticismo, nos enrocamos en lo que conocemos y somos menos permeables a la innovación y a la incorporación de nuevas terapias. La MBE puede ayudarnos pero no es la panacea.
Cada vez se comprenden peor los comportamientos de los organismos, instituciones y autoridades sanitarias. La credibilidad de los grandes referentes como la OMS, la FDA, la EMEA, la AEMPS, las instituciones sanitarias de la UE o el consejo interterritorial del SNS ha quedado muy tocada. El despropósito de la pandemia de la Gripe, la vacunación del VPH, la aprobación de nuevos fármacos que solo aportan un precio mas elevado o la aceptación de productos trampa (Dapoxetina) son ejemplos que sólo pueden explicarse por la penetración de los intereses de la industria en la toma de decisiones de estos organismos.
Cada vez más, nuestras sociedades científicas aumentan su dependencia a la industria a la hora de obtener recursos económicos. Los congresos y las publicaciones son sus grandes fuentes de ingresos económicos y, observando los unos y las otras, es evidente que hay que efectuar drásticos cambios en sus comportamientos.
Sin ánimo de centrar la atención en una sociedad concreta, este es el ejemplo que un amigo me acaba de enviar y que sirve para ilustrar esta necesidad de cambio (las siglas son lo de menos)
¿Qué nos queda? ¿Sobre qué o quienes podemos apoyarnos para aliviar el peso de nuestra incertidumbre? Pues, hoy por hoy, solo encuentro un espacio libre ajeno a los intereses de la industria: la blogosfera. Espero que dure mucho su desinterés porque, en cuanto nos ponga en su punto de mira, se nos hunde el chiringuito.






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