Tengo un amigo al que llamamos el médico de la ONU y no es porque trabaje para esta institución, si no porque ha contabilizado más de 40 nacionalidades diferentes en su cupo. En esta realidad de nuestras consultas, hace unos días apareció un paciente, de origen colombiano, que tras el saludo inicial me dice:
.- ¡Doctor, míreme! Tengo melancolía.
Ante esta expresión, poco habitual, establezco la relación melancolía-depresion ( melancolía.(Del lat. Melancholĭa ) f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada.) y comienzo una anamnesis dirigida para valorar el grado de la misma. Durante el interrogatorio había una disonancia entre mi lenguaje y su expresión. Tras unos minutos de conversación, le comento que no encuentro nada en la entrevista que me hagan sospechar un cuadro depresivo de fondo, a lo que él me comenta que por supuesto, que se encuentra fenomenal, que es feliz y que por supuesto no se encuentra deprimido. Ante esto, insisto:
. – Entonces… ¿Por qué dice usted que tiene melancolía?
.- Pues por eso, ¡míreme! Tengo “un parche blanco de melancolía en la espalda.”
Paso a explorarlo y efectivamente descubro un poco más abajo del cuello una mancha irregular, blanca, del tamaño algo mayor que una moneda de 2 euros, realizando un diagnostico rápido, de esos que hacemos basándonos exclusivamente en la observación.
Le comento lo que sé de esta afección dermatológica y le digo que a esta enfermedad se la conoce normalmente como vitíligo, a lo que él me contesta que en su país es padecer de la melancolía. La sonrisa brotó en nuestras caras. Al parecer en otros países al vitíligo se le llama también bienteveo. Un caso más de los que vivimos día a día en nuestras consultas y aprendemos de nuestros pacientes.






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