Cuando imprimo las recetas de crónicos y observo la enorme cantidad de sustancias químicas que alguno de mis pacientes ingiere a diario, me baja el ánimo y no puedo evitar una sensación amarga que me hace pensar que algo estoy (o estamos) haciendo muy mal en su atención.
No hablo de los polimedicados desde el punto de vista clínico, no me refiero a las interacciones farmacológicas ni a los efectos secundarios. Me planteo su situación como personas, los cambios en su visión cosmológica de las cosas, las repercusiones en su vida relacional y sus expectativas vitales. ¿Qué impacto debe tener en las personas la dependencia de múltiples tomas diarias de medicación?
Hoy me interesa analizar las circunstancias por las que alguno de mis pacientes han llegado a esa condición de polimedicados, así que he seleccionado a la que más recetas se le han generado en el lote de crónicos que acabo de imprimir y a interpretar, en función de lo que conozco de sus vidas, los hitos biográficos que han marcado su consumo de fármacos.
Caso clínico:
Mujer de 73 años, casada. Matrimonio que vivía en plena huerta de Murcia. Ella cuidaba la casa y trabajaba las tierras junto a su marido que, además, tenía un empleo en el ayuntamiento. Con el crecimiento urbanístico de la ciudad y el boom inmobiliario, vendieron sus tierras a cambio de dos pisos (uno para ellos y otro para su única hija) y suficiente dinero como para tener asegurada una vejez sin penurias.
Lo que tal vez no contemplaron fue el cambio en sus formas de vida. Ahora son un matrimonio enjaulado en el piso, que añora su vida anterior por mucha humedad que tuviera su antigua casa.
Junto a los problemas habituales de su edad (DM2, HTA III, ACxFA, glaucoma, Osteoartrosis generalizada) ella ha desarrollado una depresión melancólica unida a un dolor crónico incoercible. De los muchos servicios hospitalarios que la tratan, cabe destacar endocrinología, cardiología, oftalmología, psiquiatría y unidad del dolor.
En la actualidad realiza 22 tomas de medicación entre comprimidos, cápsulas, parches y gotas oftámicas que se reparten entre los 16 medicamentos prescritos. De las 22, siete están indicadas para el dolor y cuatro para la depresión. A pesar de ello, no hay una respuesta satisfactoria, persiste su tristeza melancólica y su dolor crónico. No sale de casa, no tiene relaciones sociales, no espera nada del futuro.
Sé de sobra que tengo poco margen de maniobra en mis actuaciones, cuando intento quitar algún medicamento superfluo (p.e. pentoxifilina) empeora o aparecen nuevos síntomas, sé que la intervención familiar (hija y nietos) no ha dado resultados y tampoco la comunitaria (interacción social positiva) le ha ayudado mucho.
Lo que no sé es si, en casos como este, tienen algún sentido los consensos de expertos, la prevención cardiovascular o los cantos de sirena del tipo de “el dolor crónico tiene solución”
¿Alguien me puede echar una mano? Por favor, absténganse gerentes y farmaindustria






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